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De los abogados y su Día

Instalados en esta ciudad, algunos de ellos frecuentaron localidades vecinas en búsqueda de clientes y, dado que entonces era difícil contar con estudios legales, en lugares más pequeños. El paso del tiempo no ha borrado las anécdotas vividas entonces. De esos años recuérdase la emoción de los primeros casos atendidos, el ambiente cordial en el ámbito tribunalicio, en el cual se actuaba en defensa del cliente, pero respetando al colega y aceptando los consejos de los mayores.

El edificio de calle Moreno, frente a la plaza San Martín, a pesar de lo frío que resultaba en invierno y la presencia de murciélagos en el verano (máxime luego de la feria), daba la sensación de encontrarnos en el foro, para el cual había sido aleccionado el hombre de derecho.

La rápida llegada en el simpático tranvía, que circulaba por calle Santa Fe, para presentar escritos en las fechas de sus vencimientos, previa reposición de su sellado, y sin día de gracia, pero con posibilidad de optar a la tarde, con un cargo de escribano, si bien provocaba la angustia del momento, traducía la satisfacción del deber cumplido, antes situaciones complejas a plantear. Era la época de los sombreros, ranchos o panamás, en el verano, y de fieltro para en el invierno, cuyos poseedores, con el gesto correspondiente, respondían a los saludos continuos, entre los conocidos.

Desde el comienzo del ejercicio profesional los abogados se sentían apoyados por su Colegio y por quienes ejercían las funciones directivas. Inolvidable en el recuerdo fue la persona que desempeñó durante largos años la función de secretario administrativo del citado Colegio, quien apoyó a tantas generaciones de abogados, facilitándoles el acceso al conocimiento científico y a la práctica de la actividad jurídica.

La década de 1960 fue por demás propicia en el aspecto del conocimiento y capacitación del derecho mercantil, por las reformas dictadas en el país, en derecho comercial en general y en materia cambiaria y de seguros en particular, contando entre sus redactores a dos prestigiosos profesores oriundos de Rosario. En particular, para nuestra ciudad dicha década marcó el inicio de la Escuela de Derecho y de la Facultad Católica de Derecho, destacándose ambas casas de estudio por contar con programas renovadores que trascendieron en el tiempo.

Cómo olvidar en esos largos años los momentos vividos en el ámbito universitario, con los profesores y alumnos, estos últimos en número que permitían un mayor contacto con ellos, como así también el compañerismo con los directivos, personal docente y administrativo. La participación en departamentos y/o institutos de las distintas especialidades y la intervención en congresos y/o jornadas, debatiendo las ponencias presentadas y alternándose en camaradería, con abogados venidos de distintas partes del país y del Uruguay, marcó un ito en la amistad frecuentadas hasta el día de hoy.

Rosario, a partir de entonces, organizó numerosas y valiosas reuniones de las distintas especialidades jurídicas, destacándose, en materia mercantil el Congreso de Derecho Comercial del año 1969, el cual se constituyó en el antecedente necesario de la reforma impartida en el país en 1972, a través de las leyes de sociedades y concursos, de trascendencia innegable en la vía negocial. Tantas otras jornadas jurídicas sobre derecho comparado, seguros, fondos de comercios, mercado de capitales, entidades financieras, etc. siguieron la huella del Congreso Nacional de la materia, transformándose en verdaderas fuentes de derecho.

Se fue formando entonces en nuestro ámbito una escuela de derecho comercial, cuyos integrantes debatían internamente en las Facultades nombradas y representaban a la ciudad en los encuentros antes indicados, trascendiendo en consecuencia los límites de la provincia y del país, llegándose a nombrar al profesor Rodolfo Fontanarrosa para la redacción del anteproyecto de reforma al Código de Comercio de Nicaragua, el que fue redactado con alta precisión y visión de futuro.

El abogado en ejercicio de su profesión, a partir de 1955, ha debido participar en los fuertes cambios acaecidos en el país en materia social, política, tributaria, económica-financiera y de relación en general, y adaptarse a los vaivenes legales de la situación, en pos de un debido asesoramiento para su cliente.

Ha tenido que intervenir y aconsejar en casos como el “Rodrigazo”, devaluaciones, indexaciones, desindexaciones, convertibilidad (para nombrar algunos efectos de los acaecidos en el país) y lo más traumático ante la patética crisis del año 2002 y los efectos que ello ha producido en materia contractual, todo lo cual ha exigido una capacitación particular y un esfuerzo al extremo.

En nuestra zona se ha producido el auge y la caída de compañías bancarias, aseguradoras, industriales y comerciales en general, con la restricción y el desarrollo paulatino de la actividad de la construcción y las fluctuaciones en el agro. Ha debido el profesional superar entonces su educación universitaria, capacitándolo básicamente como abogado litigante. Ello ha creado situaciones preocupantes, dado que no era común, como ahora, el nucleamiento entre ellos, asociados efectivos o de techo, que permitiera el intercambio de opiniones y de experiencias diarias.

La complejidad del desarrollo económico en el país llevó a la necesidad de contar con asesores legales que actuaran interna o externamente con las empresas y en estrecha relación con los clientes individuales, ya no solo una vez aparecido el litigio, sino evitando tal estado patológico en la relación negocial, evacuando dictámenes, por ejemplo en caso de fusiones y adquisiciones de empresas, como auditores jurídicos, que en base a la debida diligencia (Deu-dilent) diagnostiquen el estado legal de la unidad económica a adquirir, pasando revista integral a su organización y funcionamiento. Todo ello paralelamente a la función de los auditores contables.

En este pensamiento en el tiempo, recordamos lo que significó el cambio de asiento de los Tribunales rosarinos, que de Moreno y Córdoba se trasladaron al nuevo edificio de Moreno y Pellegrini. Ello coincidió con la creación de nuevas casas de estudio en el país y consiguientemente mayor número de abogados en ejercicio en nuestro medio, que empezaban a encontrarse en los pasillos del foro, sin conocerse y sin que existiere ese contacto hasta entonces. Ya se dejó de avisar personalmente o por teléfono al colega de la parte adversaria que se le iba a remitir una cédula, entre otros trámites, o sea se pasó a un ambiente, si bien aun cordial, más impersonal.

Comenzaron y se fomentaron las reuniones en el bar del Colegio, en la planta alta, donde los colegas se reunían para analizar y conciliar sus respectivas pretensiones jurídicas y para filosofar sobre la vida, alguno de ellos con horarios, mesas y días fijos, integrando el elenco ya no solo abogados, sino en igual a mayor número lo hacían también colegas.

Cercano a ello y a los Tribunales de Disciplina, se instaló la biblioteca del Colegio, de consulta obligada entre los profesionales del derecho, estudiantes y público en general, la cual recibió durante años donaciones de obras completas que habían pertenecidos a distintos abogados y profesores de la ciencia jurídica. La sala Bielsa creada entonces, se transformó en el sitio obligado para el dictado de conferencias, cursos y homenajes. No olvidaremos lo majestuoso del sillón que presidía el lugar y la angustia del conferenciante para acercarlo al impresionante escritorio.

La implantación de los juicios orales, como consecuencia de la creación de los Tribunales Colegiados, tradujo una nueva fisonomía al ejercicio profesional. Recordamos la primera audiencia, en donde los abogados fueron munidos de tantos tomos de jurisprudencia que superaban la capacidad de las mesas que ocupaba cada parte y ante la insistente lectura de los artículos del Código Civil el Presidente respondió: “Se presume conocido el derecho por el Tribunal”.

Este y otros tantos anécdotas que nos tocó vivir, como en el caso de un asegurado que después de más de 2 años desde la producción del siniestro estaba furioso al recibir una cédula de notificación que le indicaba que los autos debían permanecer en el Tribunal con 20 días de anticipación a la fecha de la audiencia, fueron parte de nuestra vida que permitió compensar los momentos amargos ante los males que afectaron a tanta gente del país y específicamente de nuestro medio.

Qué decir del ejercicio práctico y azaroso de la abogacía en las audiencias tribunalicias, luchando con las máquinas de escribir, con sus cintas y demás funcionamiento, (al decir de un colega las Olivetti no hablaban, a diferencia de las computadoras actuales) y la paciencia de los jueces al tener que leer las actas, por la forma impresa de las mismas.

Aunque parezca en la actualidad inaudito, a los abogados de entonces, nos impactó la aparición de la fotocopiadora, ya que con anterioridad debíamos copiar (había estudios que tenían empleadas dedicadas casi exclusivamente a ello), todas las documentaciones a presentar en la litis, independientemente del uso traumático de los carbónicos.

Qué decir entonces lo que representó para el ejercicio profesional, la aparición del fax, la telefonía celular e internet, lo cual si bien puede crear angustia, en determinada circunstancia, es más llevadera, si se adoptan las precauciones del caso. De abogado individualmente generalista hace 50 años, se ha pasado a profesionales integrados en estudios, para el desarrollo de distintas especialidades.

La experiencia recogida en largos años de labor nos hace vislumbrar la necesidad de desarrollar el trabajo profesional, en la especialidad adoptada, con tiempo y sin gran premura. Una vez un presidente de la Corte Provincial manifestó a los recién recibidos que no pretendieran en poco tiempo ser propietarios de un Ford Falcon, ya que ello implicaba largos esfuerzos y dedicación.

Es prioritaria la participación en el Colegio de Abogados, integrando sus institutos de capacitación y los distintos órganos que lo componen, y colaborando en la defensa abogadil, como así también peticionar, individual o colectivamente ante las autoridades, la concreción de las tan esperadas reformas en el Poder Judicial de la provincia, ante el alarmante aumento de las causas de todo tipo y aún las concursales. Todo ello se convierte en una necesidad, tendiente al bienestar de la comunidad.

Las reflexiones que anteceden tienden a recordar los momentos vividos en el quehacer profesional, con la nostalgia de tantas personas con quienes frecuentamos, hoy fallecidas, cuyos nombres el foro y la ciudad conoce plenamente y por ello hemos omitido enunciarlos, como también de aquellas aún presentes, todas de gran valía y auténtica humildad, ejemplos de vida para las distintas generaciones de abogados. Cuando se actúa como árbitro, que debe laudar en un conflicto entre partes litigantes, como jueces privados, se advierte lo excelso de la Justicia y lo complejo del dictado de la sentencia, valorando a aquellos jueces públicos, que han hecho de su vida una verdadera vocación. Vaya pues este recuerdo y agradecimiento a todos los que, de uno u otro lado del mostrador, han luchado por el derecho.

Fuente:www.lacapital.com.ar

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