La escena en la zona oeste de Rosario es digna de una película de misterio con toques bizarros, al estilo Crimen Ferpecto o La Comunidad de Alex de la Iglesia. Cuatro mujeres posan para una foto con dos de los perros sobrevivientes de una serie de homicidios caninos por envenenamiento. Nadie sabe quién es el autor del acto que ya cobró la vida de unos quince animales, entre perros, gatos y pájaros; ni por qué lo hace.
Algunos especulan con una mutación del modus operandi de un tipo al que llaman "loco comeperros", que vive a cuatro cuadras del epicentro de las muertes. Otros imaginan que se trata de alguien vinculado al sector agropecuario, por el veneno que habría utilizado en todos los casos (la estricnina, nada fácil de conseguir pero utilizada en áreas rurales). Una tercera hipótesis no se afirma como tal, pero crece entre los silencios y murmullos, y apunta a lo inexplicable, al mundo de lo esotérico: es que el mapa de las sucesivas muertes en el barrio Belgrano forma una cruz, compuesta por las calles México y Derqui.
En ese contexto de versiones y crímenes impunes, y mientras las mujeres denunciantes sonríen al lente de la cámara que se prepara para obturar, un niño pasa empujando un minúsculo carrito repleto de cartones. "Sí, los perros que mueren son envenenados. Es un hombre, pero no sé quién", asegura sin levantar la vista ni detener su marcha, y añade: "Yo no sé nada".
Origen del misterio. "No sabemos quién es, pero esto es diabólico, satánico", dijo Marta Batello, la primera de las mujeres en advertir hace quince días cómo dos gatos cayeron muertos en el patio de su casa. Luego, fueron dos horneros los que visitaron el jardín y nunca más levantaron vuelo. "Vi como tenían convulsiones y después cayeron secos", recordó.
Marta contó el episodio al kiosquero de la esquina de México y Derqui. "¿Qué raro? -le respondió éste-, hace un rato pasó lo mismo con un perro". Un día después, Silvia Vodas, vecina de la calle México, vio morir a Toti, su mestizo de porte mediano. "Pensé que tenía moquillo, pero la veterinaria me dijo que lo habían envenenado igual que a la Negrita, la perra de acá a la vuelta, aunque ella sobrevivió", señaló la mujer.
Barón, Falucho, Manchita y Tigre se sumaron a la lista fatal. Por eso, Mari Longo decidió hacer algo. Creó un folleto con las fotos de algunas de las víctimas y empapeló el barrio. El cartel simula la redacción de los animales extintos y reza, a modo de epitafio: "Nos preguntamos por qué, cuál fue nuestra culpa; tal vez porque nos gustaba pasear por el vecindario. Si por eso nos mataron, les decimos, señores asesinos, que Dios los está observando".
Convencidos de que no eran casos aislados, los vecinos presentaron una denuncia en la subcomisaría 22ª y acopiaron pruebas. El dueño de Barón logró identificar el hueso de carne con veneno. Lo guardó y lo llevó al Instituto Municipal de Salud Animal, pero allí no pudieron identificar de qué sustancia se trataba. Tras las muertes de las mascotas y el temor de los dueños que aún no fueron afectados, algo es cierto en el barrio: sus calles cambiaron en los últimos quince días. "Ya no hay perros dando vuelta", describió Marta.
Por: Ricardo Robins