El tratado constituye un sistema basado en tres pilares fundamentales: la no-proliferación, el desarme y el uso pacífico de la energía nuclear.
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Artículo I: los Estados Nuclearmente Armados (NWS) se comprometen a no transferir tecnología nuclear ni tecnología sobre armas nucleares a otros países, ni tampoco a asistir en el desarrollo de tales armas, bajo ninguna circunstancia.
Artículo II: los Estados No Nuclearmente Armados (NNWS) se comprometen a no tratar de desarrollar armas nucleares y por el artículo III a someterse al régimen de salvaguardias totales del Organismo Internacional de Energía Atómica (IAEA o International Atomic Energy Agency), el cuerpo regulador nuclear de Naciones Unidas.
Artículo IV: establece el compromiso de todas las partes de «facilitar el más amplio intercambio posible (…) para los usos pacíficos de la energía nuclear».2
Artículo V: rescata el derecho inalienable de todos los estados a desarrollar la energía nuclear para fines pacíficos y en concordancia con los artículos I y II.
Artículo VI y el preámbulo indican que los Estados Nuclearmente Armados se comprometen de buena fe a iniciar negociaciones para la reducción y liquidación de sus arsenales nucleares.
Los cinco Estados Nuclearmente Armados han hecho promesa de no utilizar armas nucleares contra Estados No Nuclearmente Armados, salvo en respuesta a un ataque nuclear o un ataque con armas convencionales en alianza con un Estado Nuclearmente Armado. De cualquier forma, estas promesas no han sido formalmente incorporadas al Tratado, y los detalles concretos han cambiado con el tiempo.
Posición Argentina
Argentina creó su Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) en 1950 para desarrollar y controlar la energía nuclear para fines pacíficos en el país pero realizó un programa de investigación de armas nucleares bajo el régimen militar de 1976, en el tiempo cuando había firmado, pero no ratificado, el Tratado de Tlatelolco. Este programa fue abandonado después de la llegada de la democracia en 1983. A principios de los años 1990, Argentina y Brasil establecieron una agencia de inspección bilateral para verificar las promesas de ambos países de usar energía nuclear sólo para propósitos pacíficos y el 10 de febrero de 1995, Argentina firmó el Tratado de No Proliferación Nuclear abandonando la posición crítica frente al TNP como parte del proceso de reestructuración de la política exterior, que mantenía entre sus premisas fundamentales la necesidad de construir una nueva imagen de la Argentina en especial frente a los Estados Unidos.
Estados fuera del tratado
Cuatro estados, India, Pakistán, Israel y Corea del Norte se encuentran fuera del tratado, los tres primeros nunca lo han firmado, mientras que Corea del Norte renunció en 2003. India y Pakistán poseen armas nucleares y, tal cual el texto actual, de acceder al tratado deberían hacerlo como los Estados No Nuclearmente Armados (NNWS), por lo cual deberían desmantelar sus arsenales. Estos países argumentan que el Tratado de No Proliferación crea de hecho un club de países «nuclearmente ricos» y un gran grupo de países «nuclearmente pobres» mediante la prohibición de la posesión legal de armas nucleares a aquellos países que las habían probado antes de 1967, pero que el tratado no explica sobre qué fundamentos éticos es válida esta distinción. En el caso de Israel, el gobierno del mismo no afirma ni niega la posesión de armamento nuclear pero de acceder a la firma y ratificación del tratado este debería permitir la entrada de observadores y reguladores de Naciones Unidas.
Corea del Norte ratificó el tratado, pero revocó su firma en 2003 tras una disputa con los inspectores sobre las «inspecciones de instalaciones nucleares no declaradas».
La principal escapatoria del Tratado de No Proliferación es que el uranio enriquecido puede ser utilizado también con fines energéticos. Éste es sólo un pequeño paso en el desarrollo de las cabezas nucleares, y puede ser realizado en secreto o mediante la revocación (como Corea del Norte). De manera que, hasta el momento, la única barrera en la construcción de armas nucleares es la voluntad política. Mohamed el-Baradei, jefe de la Agencia Internacional de la Energía Atómica (IAEA o International Atomic Energy Agency) ha declarado que, si así lo quisiesen, hasta 40 países podrían desarrollar la energía nuclear con fines bélicos.