Uno: También, convengamos, a quién se le ocurre. Bien podría haberse elegido a un señor, sin ir más lejos. Un señor, es otra cosa. Otra cosa respecto de una mujer, digo. La obviedad no es más que la realidad refrendada, o ¿me lo vas a negar? Un señor, de movida, tiene la complicidad del género. Que son más, no en número sino en dueños de decisiones. Entre bomberos no hay pisotones en las mangueras, típica metáfora machista, se sabe. Aura de seriedad, dice la señora, tiene un hombre que va a ejercer semejante poder. Saco, corbata, gemelos en los ojales, pañuelo blanco, blanco de inmaculado, desde el bolsillo de traje negro, de negra seriedad. Y todo lo dice la fémina, sentada sobre su silla real, de mujer, madre y argentina. Primero, un señor. Y en todo caso, si tira más que una yunta de bueyes, una doña con todas las de la ley. Que sepa coser, que sepa bordar, que sepa abrir la puerta para ir a jugar. La puerta que corresponde, no la que ninguno espera. Todos la sabemos a esa puerta, pero ninguno está dispuesto a soportarle, a ella, a ninguno, que diga le da de abrirla. Libertad, poca. Libertinaje, nones. Y no le alcanza. Mujer, puerta equivocada, y verbalizar con terquedad que cacarea. Pecado mortal, no hay cien rosarios de penitencia al hilo que rediman. No hay cómo evitar que sea ella. No. No se puede detener que piense torcida. Nones. Al menos que no lo haga saber. Y otra vez por la negativa. Dice, declama, sostiene y hasta le encuentra fundamentos. Horror.
¿Quién dice que hay cosas que saben distinto en labios con bigote que lo surcan o en los labios con pintura roja carmín que los resaltan? Yo digo, vos decís. Que lo afirmás vos, me refiero. Que una mujer ejerce, sin admitir prueba en contrario, presión en el sitio específicamente diseñado como la sede natural de paciencia masculina. Justo donde se inflama. Justo en las partes que suelen llegar hasta el suelo, varón medio argentino dixit. Exagerás. Te digo que exagerás. Que ya son otros los tiempos, que mirá la cantidad de funcionarias, ministras, galenas, ingenieras y hasta astronautas. Desde la perra laica, la sucesión de chamuscadas en ejercicio del deber es interminable. No discuto. Porque es imposible.
Imposible es creer que todo tenga que ver con el género. Que en realidad se trate de una pelea de ideología genital. No lo creo. Más, cuando los que vociferan pidiendo exorcismos, son señores que usan faldas largas. Exagerás. Y te ponés desagradable.
Dos: La persistente presión de distintos grupos políticos y religiosos para que no sea nombrada la doctora Carmen Argibay como ministra de la Suprema Corte de Justicia de la Nación reabre el debate de los requisitos para vestir la máxima toga en estas tierras. Lo primero que deberá decirse es que el sistema diseñado por el actual Presidente merece el saludo inicial por la valentía y por lo extraordinario. Basta recorrer la historia argentina de la organización institucional para no encontrar antecedentes de tanta valía a la hora de pensar en un candidato. Desde la vuelta de la democracia, sólo puede pensarse, como intento similar, en el ofrecimiento que Raúl Alfonsín le hiciera a Italo Argentino Luder, el candidato peronista derrotado en aquella elección, para que fuese juez del supremo Tribunal. Fue apenas un gesto, valioso aunque de corte personalista y de efecto. Luego vino el oscurantismo de los arreglos de corporaciones radicales y peronistas para llegar a las designaciones del grotesco asesino del menemismo. Asesino de la institucionalidad, al menos. Por entonces los argentinos incorporamos la expresión ”in pectore”. Es que el Presidente se ocupaba de jugar a las escondidas para proponer a los inquilinos del poder diciendo que tenía allí, en su pecho, a los nominados. En el pecho, en el mejor de los casos. Los hubo propuesto desde más abajo, digamos el estómago, o incluso desde su zona de retaguardia. La narcotización de hechos asesinos de la independencia de poderes, ¿nos permitirá recordar que ocupó una cátedra de la Suprema Corte un filo nazi fundador de Tacuara? ¿Tendremos memoria para saber que allí también llegó un jurista que no conoció la más elemental práctica jurídica en su La Rioja natal ni publicó nada en su vida, ni un mísero clasificado en el diario de su provincia? Los que lo trataron aseguraban que no había leído ni el lomo del Código Civil y le costaba seguir un razonamiento legal que le redactaban para que simplemente firmase. Si no fue desde el pecho, ¿de dónde nació la convicción de nombrar para ser juez de la Corte al amigo íntimo del Presidente que decía que a un amigo no se lo traiciona, parado en la escalinata del Tribunal Supremo?
Por eso, el sistema K de admitir que el pueblo, o la parte que tiene resuelto problemas graves de subsistencia, se pronuncie sobre un candidato es digno de todo elogio.
Las oposiciones recibidas a la postulación de la doctora Argibay, recibidas en miles, tienen un denominador común. O dos. Uno es el sistema de cadena propia de la escuela secundaria de nuestros tiempos que nacía con una nota que exigía ser copiada en número de siete, bajo apercibimiento de derrame cerebral ipso facto. ¿Quién no ha copiado la carta que daba testimonio de una señora de Wichita que luego de hacer lo propio había ganado la lotería estadual? Lo mismo le había pasado al Vladimir Ganstin en Bosnia Herzegovina. Y así. Ahora el sistema se ve modernizado por los correos electrónicos que garantizan prosperidad inmediata. Será virtual, la prosperidad, porque de la otra, ni noticias. Los que se oponen, se oponen en cadena de cero en creatividad.
Lo otro tiene que ver con señalar un obstáculo que se da por obvio. De ahí, insalvable. La mujer, es atea. Válgale Dios. Y abortista. Leyendo las oposiciones hechas llegar al Ministerio de Justicia se encuentran perlas de razonamientos dignas de archivo. En trescientos o cuatrocientos años los alumnos que ingresen a las facultades, menos instruidos (si es posible) que los de nuestros días, bien podrán creer que son notas de la Santa Inquisición. Ser ateo es estar en contra de la Constitución. Está escrito por homónimos (¿los mismos?) de los fundadores de Patria, Tradición y Propiedad. ¿Qué garantías de moral puede darnos alguien que no cree en nada? Aquí son organizaciones religiosas las que firman. Y se proclama militante. Dicen grupos de madres de familias. Militante atea, claro. Mujer, negadora de Dios y orgullosa de la proclama. Demasiado.
Todo, se protesta para impedirla, en salvaguarda de los principios de la Carta Magna autoría de Juan Bautista Alberdi y de propio Creador, fuente de toda razón y justicia, se dice. La misma norma fundamental que prevé la dignidad del trabajo y el salario en la patria de mayor desocupación, el debido proceso y la justicia igual en la tierra de los desaparecidos, la igualdad ante la ley en las pampas de gente muerta de hambre. Tanta vehemencia hoy por la atea militante suena fuerte ante el silencio de antes, de muchos años, de los mismos que entonces se santiguaron con inclinación de cabeza en medio de las atrocidades calladas.
Religión, por definición, es el vínculo preciado entre Dios y un hombre. Vínculo individual y personal. Privado… Propio de la intimidad. Hacer ostentación de tenerlo (o de no tenerlo, acuerdo) es una innecesaria intromisión en ese maravilloso territorio único e intransferible. No es que no importe la religiosidad o su falta. Es que no corresponde su meneo público. Y mucho menos su consideración a la hora de ocupar un cargo como miembro de la Corte Suprema de Justicia de la Nación. Ya bastante tendrá esta mujer, con el centenar y tanto de artículos de la Constitución, pensada para todos los que quieran habitar el suelo patrio, sin distinción de credos e incrédulos.
Fuente:www.rosario12.com.ar