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Héroes y demonios

Uno: “Las leyes que exigen el heroísmo propio de los santos, requieren que los encargados de aplicarla tengan la crueldad de los demonios”.(Del voto del juez de la Corte Suprema de Justicia de Buenos Aires, Francisco Roncoroni).

Dos: El reciente fallo del máximo tribunal de la provincia de Buenos Aires haciendo lugar al pedido de una mujer de 35 años con obesidad, problemas respiratorios y cardíacos graves para que interrumpa su embarazo, reabrió la polémica social sobre el tema. O, en realidad, la polémica de los grupos de poder con acceso a la opinión pública, para ser más precisos. Parece importante decir que en nuestro medio (¿como en todas partes?) cada vez que se tratan cuestiones consideradas ríspidas o controvertidas el debate social no se da entre todos los que componen la comunidad. Apenas opinan los que están en la agenda de los periodistas o los que puedan, por dinero, poder y a veces prestigio, colarse en esos temarios.

No me vengas con que el pueblo delibera y gobierna por medio de sus representantes porque si por un lado, muchas veces, los empleados servidores públicos hacen lo que se les canta sin rendir cuentas a sus seguidores, por el otro nadie explica en dónde está la contradicción para que, de tanto en tanto, se llame a consulta popular a toda la gente para ordenar cómo ha de levantarse la mano en los recintos legislativos al decidir una cuestión trascendente. Por lo primero, baste ver una sola falacia muy frecuente, basada en comprobar el cómo muchos pseudo seguidores del liberalismo se desgañitan gritando que el país merece una reforma laboral que decida abolir los privilegios de los trabajadores en relación de dependencia que, dicen ellos, hacen lo que quieren protegidos por vetustos convenios colectivos de trabajo. Justo ellos lo dicen. Que en su vida han respetado el mandato de sus electores (Sus patrones) y no se movieron de sus cargos (Sus empleos) amparados por el privilegio pétreo de no remoción ni ante la traición a su electorado. Pero ese es otro tema.

Resulta ahora, se preocupan entre otros obispos católicos y conservadores en general, que este fallo no es más que una avanzada sibilina para instalar el debate del aborto despenalizado en la Argentina. Menos mal que los que así opinan son cultores de valores como la piedad cristiana, la solidaridad y desprendimiento material total. Porque de lo contrario, uno no sabe cómo reaccionarían ante el desesperado pedido de una mujer humilde que tiene dos hijos vivos, dos embazaros fracasados y una gestación que pone, sin dudas, en riesgo su vida. Es particularmente demostrativo ver cuánto de amor al prójimo surge en estos casos de parte de los que gritan contra los jueces, el ministro de salud, el gobierno todo y, claro, “los zurdos”, en cambio de bajar el tono de voz y pensar en una conciudadana en crisis que tiene que ventilar en la justicia uno de los actos privados más íntimos como el ser madre.

De todas formas, si luego de resolver esta desastrosa situación a la que han llevado a esta mujer gracias a la exclusión y al prejuicio se abre el debate del aborto, la pregunta sólo es: ¿por qué no? Más modernos: ¿cuál hay? ¿No sería hora? ¿No vendría bien preguntarnos a todos, no a los privilegiados que opinan con trascendencia pública, qué pensamos?

Si tales o cuales se muestran preocupados por el avance de las posiciones que pretenden debatir la despenalización del aborto, habría que recordarles que en otros tiempos se preocupaban por mantener a la Tierra como centro del Universo, por la naturaleza bruja de las mujeres o por los libros perniciosos. Generalmente, los seguidores de aquellos preocupados, solían usar el fuego y la pira pública. ¿No?.

Tres: Ya aprendiste que las generalizaciones son odiosas. La señorita Diana, de primer grado, lo machacaba. Odiosas e injustas. Decir que la justicia argentina es lenta, poco profesional, incompetente y, por fin, injusta, suele ser un desahogo desesperado ante la realidad reciente. Sin embargo, vale la pena hacer un tributo al fallo tan comentado de la Corte bonaerense que, sinceramente, merece ser leído en su integridad (www.scba.gov.ar). Y especialmente es de destacar el increíble voto del doctor Francisco Roncoroni que funda la decisión de la mayoría admitiendo que la mujer pueda realizarse un aborto. Francisco Roncoroni. Para hacerle un lugar a ese nombre en el disco rígido personal plagado de nombre de servilleta, mayorías automáticas y chupamedias varios.

Sin entrar en detalles, es bueno recordar que la mujer del caso llega al tribunal luego de cuatro médicos y el comité de bioética del hospital en donde se atendía aconsejaran interrumpir el embarazo por graves e insalvables razones de salud que ponían en peligro cierto la vida de ella. Sucede que los médicos asustados ante los movimientos cruzados de los que denuncian por homicidio a los profesionales que realizan estas prácticas, le aconsejaron a la mujer que fuera a la justicia.

El juez Roncoroni (y, nobleza obliga, todo el resto, aún los que se oponen al aborto) se indignan ante este procedimiento. El Código penal admite tal práctica si hay riesgo probado por expertos y no hay otro camino para tomar. ¿Que tienen que opinar los jueces?. ¿Saben más los abogados que los médicos? Pero el temor impuesto por los que dicen defender la vida y los valores universales e inmutables obligó (y esto lo sabe este cronista fehacientemente) a que la mujer buscase un defensor oficial (claro, le pasa además así porque es pobre y no puede afrontar el tarifario de los sanatorios privados, limpios, seguros y totalmente reservados) y enfrentase la maquinaria judicial. Desde hace casi cien años el aborto practicado por un médico diplomado con el consentimiento de la mujer encinta, no es punible: 1. Si se ha hecho con el fin de evitar un peligro para la vida o la salud de la madre y si este peligro no puede ser evitado por otros medios; 2. Si el embarazo proviene de una violación o de un atentado al pudor cometido sobre una mujer idiota o demente. En este caso, el consentimiento de su representante legal deberá ser requerido para el aborto. Es el Código Penal vigente. Vigente.

Magistralmente el ministro Roncoroni se indigna y, oh sorpresa, le pide agilidad a la Justicia. “Es frente a situaciones de este tipo en las que ‑metafóricamente hablando‑ las aguas del daño que se quiere evitar ya están mojando las plantas de los pies de quien busca auxilio médico o tutela de la justicia o, peor aún, ya han comenzado a cubrir su cuerpo y a lesionar el mismo”. O sea, dice, actuemos. Porque todo comenzó en la semana once de embarazo y el caso llega a la Corte casi al quinto mes.

Sin embargo, cuando el juez supremo intenta imaginar el trance de la mujer embarazada es en el momento en el que uno siente que el prejuicio y la intolerancia no ganan siempre. No conozco al doctor Roncoroni. Apenas si lo le leído en su fallo. Habrá que agradecerle que haya decidido arriesgar su tranquilidad social para defender la de su conciencia. Merece destacarse que abjura de la infalibidad supuesta del sexo fuerte y de todo lo que ella conlleva y se anima a pensar en la mujer. Y dice ante la disyuntiva de elegir entre la vida de su feto o la suya: “Esto no niega el valor de la vida ni siquiera ingresa en el debate sobre el momento en que ella misma empieza. Podemos sostener que la vida empieza con la concepción y sin embargo dejar sin castigo al que la tomo como medio necesario para evitar un grave riesgo a su vida o a su salud. Y esto, no porque la ley le quite valor al heroísmo, sino porque no puede exigirlo. Una madre acaso decida no tomar un medicamento que es vital para su salud pero que es dañoso para la de su hijo. Otra madre puede pensar que es mejor afrontar el riesgo de morir que el de no tener descendencia. Sin embargo, la ley no habrá de penarlas si su decisión es distinta. Las leyes que exigen el heroísmo propio de los santos, requieren que los encargados de aplicarla tengan la crueldad propia de los demonios, Nuestro derecho no le dice a la mujer: vaya señora, y afronte el riesgo de la muerte. Al comprender que esas órdenes no pueden ni deben darse, nuestra ley no declara que una vida sea más importante que otra, sino que se compadece con la debilidad humana en estas extremas circunstancias y se abstiene de imponer castigos”.

Cuatro: La democracia es el gobierno de las mayorías. Decía la señorita Diana en la primaria. Más tarde hubo que agregarle. Gobierno de las mayorías. Con respeto a las decisiones de la minoría. Respeto.

Fuente:www.rosario-12.com.ar

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