Uno: Hacía calor. Como suele suceder para la época. Quiero decir, para esa época. Noviembre. Buenos Aires. El cemento de la ciudad y la humedad del río que la rodea. Es obvio. Me podrás decir vos que ahora es peor por lo del efecto del Niño y la Niña. Y el invernadero. A propósito: ¿qué se hizo de las corrientes del Niño, de la Niña y del agujero de ozono?. Hasta hace un par de años estábamos al borde de volar por los aires contaminados y morir achicharrados por el sol maligno al que le había sacado la pantalla protectora. ¿Ya nadie habla más del tema?. Pero ese es otro tema.
El caso es que era noviembre y hacía calor. Sin embargo el amigo de José la pasaba mal. Dormir a la intemperie, todas las noches, hace que ni el verano sea más deseado. Amador Sengioli supo que la indignidad era eso. Dormir en la calle. Porque no se trata de no comer o hacerlo cada tanto. No es el problema abrir los ojos y no tener a dónde ir. Es menos duro estirar la mano en la escalinata de la iglesia para arrancar con fingidas palabras piadosas unas monedas. La indignidad es dormir en la calle. Así lo siento yo, qué querés que te diga, le solía contar Amador a José. Vos porque cada mañana das una vuelta más en tu catrera e intentás escaparle a la realidad tapándote con tus sábanas. Rotas, José, aún rotas, las sábanas te hacen una persona. Yo me despierto porque el hocico húmedo de un perro me avisa que va a levantar la pata cerca mía, o porque el viento arrastra la mugre en mi cara. O porque, cómo no, una rata cruza sobre mi panza. Así es dormir en una plaza.
Amador Sengioli duerme en la plaza. Y me cuenta cómo se siente el frío. A pesar de este noviembre. Esto iba pensando José Ibáñez la mañana del día veintiséis del mes undécimo. Caminaba hacia el laburo. Ocho horas. Horario cortado. La tienda no estaba nada mal, pero no era lo que había soñado. José siempre quiso ser médico de campo. Su madre de crianza, la que te dio la teta le explicó más tarde su padre, estaba casada con el médico del pueblo. De los ranchos y de las chacras. De gesto duro, bigote poblado y andar seguro, don Desiderio era el hombre más respetado de la zona. Lo dejo en sus manos, doctor, le decían los familiares de los pacientes cuando lo despedían. Lo dejo en sus manos. La primera vez que sintió esas palabras supo, José, que quería ser médico. Si hay alguien en quien pueda confiarse de esa manera, si uno puede ser el dueño de las manos que inspiran toda la confianza, yo quiero ser eso, le dijo José a la Horacia. La de las tetas generosas. Y apenas era un chico.
El pibe no le habrá salido con todas las luces. Pero dadivoso y cumplido le es. Esas otras palabras que también las oí clarito, le contó una vez José a Amador, no me amedrentaron. Horacia se las dijo a mi viejo. Con pocas luces pero gauchito. Generoso. Hablaban de mí, necesitó aclararle José a Amador. Y yo supe, José supo, que la generosidad la mamé de ella. De sus pezones oscuros. Pero yo quería ser doctor.
El caso es que iba caminando para el trabajo. A la tienda. De mañana. Noviembre día veintiséis. Antonio Rico abrió las persianas a principio de siglo. Con la hermana al frente de la contabilidad y dos empleados changarines. Lo de la contabilidad suena muy pomposo. Un libro copiador azul pesado que se completaba con tinta indeleble celosamente guardados, el mamotreto y los tinteros ad hoc, en la baulera de la parte de atrás del negocio. Y unas papeletas que se les entregaba a los clientes que había diseñado el propio José. Eso era la contabilidad. Para esta época, aquella quiero decir, los changarines eran cuatro y los vendedores (así le remarcaba José a Amador que lo llamase) tres. Prosperidad.
Telas, sábanas bordadas, ropa interior en general, blanquería y, claro, medias. Medias. Las medias azules estaban en oferta. José mismo había dibujado los carteles que pendían en la entrada de Avenida Santa Fe al 3100. Atraen clientes, decía Rico. Los carteles apenas se movían con la brisa escasa de noviembre. Lucía originales, distintos a los de los otros negocios. Buena mano, José, le dijo el patrón. Esa firmeza y dedicación para manejar los pinceles hubieran sido más útiles sobre un bisturí sanador. De haber sido médico. Pero José sólo llegó a empleado de la tienda Antonio Rico. Vendedor, se dice. Amador, yo soy vendedor.
Decidió que cinco pares estaba bien. Uno por día, Amador. Los vas lavando. Y si el día es húmedo podés ir tirando con los otros. José Ibáñez robó cinco pares de medias de la tienda Antonio Rico para regalárselos a Amador Sengioli, su amigo indigente. La hermana del señor Rico bajaba de la baulera por la escalera de madera tan peligrosas. Cuando José estaba en la comisaría pensó que más peligroso que los escalones crujientes de la escalera era bajarlos portando todo el trasero de la contable delatora. Ella lo vio. Y lo denunció. Fue preso. José Ibáñez fue preso. Hurto. Cinco pares de medias, dice el sumario.
Dos: Presidente porque preside. Poder ejecutivo, porque hace cumplir y pone en acción. Jefe del estado no merece demasiado argumento. ¿Primer magistrado?. Si bien magistrado puede ser entendido como superior en la escala de los poderes, el término se deduce de la tradición del poder. Los reyes absolutos, hijos del cielo, del sol o de lo superior, tenían por derecho de sangre toda la potestad para legislar, para hacer cumplir sus dictados y, claro, para juzgar a piacere lo que se les antojara. Eran los supremos y primeros magistrados. Lo que vino después de la guillotina que separó del tronco las cabezas de Luis y María Antonieta fue un sistema de Jefe de estado más atenuado aunque con resabios de los monarcas. Un presidente republicano hoy, hereda el derecho a juzgar cuando perdona o rebaja penas. Indulta o conmuta.
El derecho a indulto atribuido en casi todos (todos, creo) los sistemas republicanos hace que un presidente sea jefe de estado y primer magistrado. Y, de paso, burle toda posibilidad de que somos iguales ante la ley o que la ley es pareja para todos. Por sangre de historia, les viene la cosa.
Tres: El Presidente Irigoyen decidió indultar a José Ibáñez en 1921. El juez de instrucción de Capital Federal le había aplicado dos años de prisión por hurto simple de cinco pares de medias en perjuicio del comercio Antonio Rico de la coqueta Avenida Santa Fe. En los considerandos del decreto del Poder Ejecutivo Nacional se dice que evidentemente la ley había sido justa. Pero demasiado rígida a la hora de pesar los cargos de Ibáñez. Merecía el perdón, dice Irigoyen. Y lo indultó. No hay registro en la historia que se conoce para saber si José siguió viendo a Amador o si volvió al campo en donde lo supo amamantar doña Horacia.
Cuatro: No sé si los indultadores (?) habrán sabido de Ibáñez y sus medias. No me siento culpable por padecer del prejuicio que me convence de que el destructor de toda institución democrática que se le cruzó en la vida hasta que se tuvo que bajar de las urnas no debe haber reparado en esa historia de 1921. El debe haber entendido que el derecho de sangre que le venía de los reyes había renacido en las colinas riojanas, primero, y luego en las pampas de la Casa Rosada. Y firmó la sentencia con más aroma a asco e injusticia dejando libres a asesinos, torturadores y genocidas. El siempre creyó que tenía sangre azul.
¿Por qué se habrá tentado por el delirio de ser Luis XV el hombre de la provincia de Buenos Aires que hoy mismo se va del poder?. ¿Cuál excusa habrá encontrado para rever los casos (incluso los que ameritarían una fundada discusión jurídica, pero dentro del orden legal) fallados a la luz de la balanza y la venda?. ¿Qué pensará nuestro flamante ex presidente de José Ibáñez?.
Fuente:www.rosario-12.com.ar