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La ley del rebaño

También es afín, sin embargo, a ciertas perversiones de la lógica mediática que en su crecimiento a veces cancerígeno se sumerge en la enfermedad cargada de utopismo, del espionaje total.

La discusión en torno a la tentación gubernamental de abrir por decreto las compuertas a la intromisión de las empresas y del Estado en los e.mails, a violar la correspondencia electrónica y las conversaciones de chat, y las páginas de Internet visitadas por los internautas y hasta sus conversaciones telefónicas, puede asociarse con el concepto genial de “masa electrónica”, elaborado por el filósofo Eduardo Subirats en “La Condición Sitiada”. Allí, alude justamente al desideratum del control absoluto sobre lo que las personas se comunican entre sí.

El sitio mediático es una tentación que hay que extirpar pero que arraiga en ciertas esencias del formato noticioso. Si ocurre un accidente de tránsito, el lugar es precintado, y ese recorte, necesario para las acciones de primeros auxilios, recorta también la realidad para volverla visible, para escindirla, de algún modo del resto del mundo. Los medios suelen hacer lo propio de manera virtual. Precintan un conjunto de hechos, los recortan y los vuelven visibles, aptos para su transmisión masiva.

Naturalmente, la mayor parte de los sucesos cotidianos, acontecen fuera de esos precintos, de esos recortes, de esas imágenes acotadas necesariamente. Los medios no pueden sino acordonar formalmente sus mensajes. La vida es infinita, y la información ínfima. Esa es la lógica de la información. Para informar algo, hay que delimitar conjuntos comunicativos, perimetrarlos en el tiempo y el espacio.

El problema acontece cuando ese precinto se traslada, a veces sutilmente, a la ciudadanía, cuando las audiencias confunden ese iceberg limitadísimo que se emite desde los medios, con la realidad en sí. Los medios se refieren a una realidad inabarcable, pero no la abarcan. Es obvio. Subirats considera en este contexto que así se configuran “masas electrónicas”, millones de personas que confunden eso que ven o que escuchan con lo que en realidad pasa.

Solo pasa algo de lo que se ve o de lo que se escucha mediáticamente, y muchas veces no pasa nada de eso. Vale reiterarlo, porque se trata de realismo periodístico puro: esa porción precintada y comunicada por los medios es esencial: no habría comunicación masiva sin esos icebergs comunicativos que es lo máximo que los medios pueden dar. Pero la porción visible del iceberg no es su base y su raíz, siempre más profunda, grande y compleja, y mucho menos es el mar que lo contiene.

La utopía oficial del espionaje absoluto encuadra en esa lógica. Se ambiciona en esos casos concentrar en un container acromegálico, los diálogos de las personas entre sí. Se quiere almacenar en una especie de caja fuerte virtual, a las palabras, los mensajes, las conversaciones formales e informales, se quiere registrar con diabólica obsesión (no cabe otro adjetivo salvo tal vez el de estúpida obsesión) el inabarcable mar de la comunicación viva, no masiva, que las personas entablan cada día a través de los medios como el mail, Internet, el chat o el teléfono. Esa dimensión es la zona no-pública de los medios, es el territorio inapresable de la privacidad.

Nadie, nadie jamás en la historia pudo apresar la privacidad, ni la intimidad. Simplemente, no se puede, es demasiado profunda la vida para grabarla en máquinas de espionaje destinadas por ignorancia antropológica al fracaso más risueño. Es en el campo de la comunicación masiva en el que la ley del rebaño puede a veces consagrarse e instituirse el error fatal de considerar que lo que aparece es lo que es. Pero eso no sucede en el campo libre por naturaleza de la privacidad. Ni en Auschwitz, se acallaron los susurros íntimos de los prisioneros.

Miguel Wiñazki

Fuente:www.clarin.com

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