Sería aventurado dar por cierto que A. dice la verdad y que la mujer que le adjudica la paternidad de su hijo miente. Son los jueces -con todas sus herramientas- los que deben establecer quién dice la verdad y quién la inventa. Pero no pueden tomarse todo el tiempo del mundo para llegar al veredicto. Así se corre el riesgo de que cuando lo produzcan resulte muy tarde. Por lo menos para alguno de los protagonistas del caso.
Si A. no es el padre del chico que le atribuyen, un veredicto judicial que le dé la razón tantos años después ya no le devolverá las energías que empleó para demostrarlo ni borrará el daño que pudo causarle una acusación infundada. Y si lo es, el veredicto que lo diga será igualmente tardío porque lo mismo podrá decirse de la mujer que lo reclama.
¿Acaso es igual para él probar que dice la verdad, o no hacerlo? ¿Y para ella?
Hay algo que cuanto más tiempo pasa, más juega a favor de A.: ¿por qué está tan seguro que un nuevo examen de ADN revelará la verdad sobre la paternidad de ese niño que ya tiene 11 años y que también tiene un derecho ineludible: saber quién es? La respuesta parece ser una sola: porque sabe que él no es el papá.
Hay algo que cuanto más tiempo pasa, más juega en su contra: un fallo que se demora años parecerá cada vez menos legítimo, sobre todo si esta vez llegaran a darle la razón cuando ya hay un precedente que dijo lo contrario.
La Justicia no la necesitan sólo los protagonistas de un litigio privado. La sociedad está plagada de conflictos y necesita resolverlos, pero en el momento justo. El riesgo, cuando hay que esperar tanto, es que la justicia no sea tal y que la verdad parezca una cuestión relativa.
J.S.
Fuente:www.lacapital.com.ar