El que firma es uno de los jueces con más prestigio en el foro local. De esos que cuando pasan caminando por los pasillos fríos e iluminados con lámparas de bajo consumo y color caqui, tipo uniforme de Daktari, recibe una cuasi reverencia de los abogantes que fatigan los Tribunales de Rosario. El adiós doctor o el buen día doctor que recibe el magistrado viene acompañado de una leve inclinación de cabeza hacia el mosaico del edificio de corte fascista (dice el edificio) y una imperceptible flexión de la columna del saludante. Todos gestos de enorme respeto. Gestos del cuerpo. Porque decirse doctor entre abogados no es signo de respeto. Es instinto de supervivencia de los leguleyos. Habrá que reconocer que los denostados como ave negra por la sabiduría popular conocen las reglas de la preservación de la especie y las ejercen a toda hora. Especialmente frente a terceros. Cada vez que uno de ellos se topa con un colega lo doctorea. Animo de defensa de casta, ha sido calificado. ¿Los arquitectos se saludan con un buen día arquitecto Sutano?. ¿Los médicos refuerzan su condición cuando hablan entre ellos invocando su grado universitario?. ¿Qué hay de los bioquímicos, veterinarios, contadores e ingenieros?. Se hablan, como casi todo el mundo, llamándose por el nombre, vaya sentido común. Los abogados, mi querido lector, jamás prescinden del doctor.
Es que como parte de la actuación (profesional, no actuación de artista) recordar ante los simples mortales que uno tiene diálogo directo con la señora de la balanza, distancia. Separa, genera respeto y esencialmente marca territorio. Un buen día doctor en los ya mencionados pasillos del edificio de calle Balcarce atestados de gente que procura soluciones de los jueces, marca territorio. Buen día doctor funge análogo a la orina fuerte de las bestias. De los animales, digo. Doctor yo y mi colega. A vos, que el cielo te ampare y te provean de conformidad. Será Justicia.
La cosa es que el magistrado al que le dispensan mucho buen día doctor con ánimo de orinecer, degustaba esta semana un café, sonreía frente al ticket que le dieron en el bar a metros del supremo tribunal que reza ”comprobante no fiscal” y aseguraba: Zaffaroni iría preso por vender bombachas o por manejar en el microcentro. De locos. Rosario a veces es cosa de locos. Sus interlocutores, mudos. Y el hombre que se explaya. ¿Sabe usted que en esta ciudad no se pueden mostrar las bombachas y los corpiños?. La pregunta fue directo a la secretaria de un Juzgado de Primera instancia famosa por despertar suspiros y otros exhalaciones de placer entre los abogados que van a su despacho. La mujer se movió en su silla, posó su brazo en el pecho y corroboró que el objeto supuestamente prohibido de exhibición estaba en su lugar. En su propio cuerpo. Y otra vez, nadie contestó.
Una vieja ordenanza municipal muy anterior al tiempo de la Liga de la demencia de Rosario (hizo un silencio teatral para que el sustantivo demencia terminase de decantar entre los contertulios) recogió en veinte artículos una serie de prohibiciones tendientes a asegurar la moral pública y el pudor popular. El idiota que lo redactó murió anónimo y sin descendencia jurídica, demostrando la excepción a la regla sobre la existencia de justicia supranatural. En el digesto de normas escrito con adjetivación pomposa del tipo espíritu sano que defiende los tradicionales valores de esta sociedad honorable, se prohíben actos que tiendan a pervertir las costumbres de la decencia. Obviamente que las trabajadoras sexuales caían en la volteada como así también los espectáculos que promoviesen la lascivia, el sexo fuera del matrimonio y la desnudez. Así lo dice. Pobre el que lo tipeó. Obviamente.
La perla del caso era, sin embargo, otra. Los negocios dedicados a la venta de prendas de vestir no podrán disponer en sus exhibidores de mercancías, tanto hacia el exterior del negocio como a su interior, cualquier tipo de ropa interior, lencería análoga o similar utilizadas por el sexo femenino. Una joya de la legislación universal, saludó el magistrado célebre que ya ordenaba una segunda vuelta de cafés en el bar vecino al foro local. Como primera medida no se aclara qué es una ropa análoga o similar a la lencería del sexo femenino. Vaya saber qué experiencia (o ratón) habría tenido el pobre intendente de entonces para proscribir con tanto eufemismo. Sin quererlo habrá que agradecerle la idea porque ya se sabe las prohibiciones, especialmente las idiotas, ayudan a acrecentar la imaginación y convertir al objeto interdicto en una utopía por la que pelear. La cosa es que la bombacha y el corpiño estaban censurados, graficó el juez que, otra vez, miró a la secretaria deseada. Ella ya no se cercioró de nada.
La ordenanza sigue vigente, mis estimados. Se olvidaron de derogarla. Los estimados, aparte de la mujer, eran los atentos escuchas, estudiantes del último año de la carrera de derecho como más tarde se vino a saber. Hoy día, la ley está rigiéndonos. Ni Pampita, ni Daniela Cardone ni la propia esposa del Vicepresidente de la Nación podrían andar por allí paseándose en foto y poca ropa. Dura lex, sed lex, ¿verdad?. Entonces cruce usted la calle y denuncie ante el fiscal de turno que manden poner presos a las modelos y a los dueños de los comercios de la Peatonal Córdoba. Al que mandó a cruzarse era al estudiante que tenía a su derecha y que, de puro asustado, dejó de revolver el edulcorante que le había echado al cortado. Se da cuenta que usted no iría. Porque antes que la ley, que el idiota de su creador, está el sentido común. Y antes que nada, el sentido de creer que la ley debe protegernos de los avances del estado y nunca favorecerlos
El primer ejemplo había terminado. Y como el silencio de los charlistas seguía allí presente, el magistrado entendió que había espacio para uno más. El taxista que acaba de dejarme en la puerta de este café estaba furioso. Y con razón. Fue citado por un empleado municipal que firma con el rótulo de juez de faltas por una infracción de tránsito. Juez. No deja de ser patético que un mero empleado nombrado a dedo por el partido del gobernante de turno crea que puede subirse a un estrado e impartir justicia. Pero ese es otro tema. Lo acusa de violar el área restringida al tránsito conocida por microcentro. Todos ustedes recordarán esas pocas cuadras que por disposición municipal no podían ser usadas por vehículos particulares en algunas horas de la semana para evitar congestionamientos. Los taxis debían alternar su ingreso según su número de patente. Pares hoy, nones mañana. Como en todo el mundo, hay calles sólo para transporte público. Había. Como en todo el mundo, menos Rosario, hay microcentro. Porque aquí se derogó fundado en la teoría de que más autos en la zona de comercios aumenta las ventas. Lógica impecable. Y este también es otro tema. El caso es que el microcentro no existe más. Se borró. Se derogó. Pero al pobre taxista lo citan para que declare ante un juez (trucho) y explique por qué viola el microcentro. Por escrito, un hombre que no es juez y firma como juez, le pide que se defienda por violar lo inviolable. Por transgredir lo inexistente. El ser y la nada. Aunque dudo que en esa repartición hayan escuchado hablar de Sartre. El microcentro estará abolido. Pero hay otra ordenanza posterior que regula el ingreso de autos según el número de su chapa, arguyen los defensores de la legalidad. Muerto el rey, en la ciudad del Monumento, no murió la rabia.
Los cafés se terminaron. O se enfriaron. El hombre de la Justicia reverenciado miró a sus interlocutores esperando la pregunta final. La secretaria de Juzgado acomodaba sus papeles en señal de retirada. Fue el mismo joven invitado a cruzar la calle el que preguntó. En realidad doctor, se atajó con el titulo, lo habíamos molestado para preguntarle si usted cree que el doctor Eugenio Zaffaroni debe integrar la Corte Suprema de Justicia. El hombre abolló el último comprobante no fiscal con el precio de los cafés y le respondió. ¿Hace falta todavía que les ratifique qué pienso y deseo que sí?.
Pocas veces en la historia del derecho argentino, se propuso a un hombre de la integridad personal y profesional como este jurista. A los que presumimos de doctores de la ley en esta ciudad debería darnos vergüenza la poca convicción o el cobarde silencio hecho hasta ahora para alentar su candidatura. Excepción expresa de la Facultad estatal de Derecho que va a reconocerlo doctor Honoris Causa. A ellos, chapeaux. Pero el resto de las organizaciones profesionales, instituciones de derecho, facultades, abogados en general que piden justicia en todos y cada uno de sus escritos, se mantuvieron callados. O peor, al lado de los que cuestionan desde la idiota o perversa ignorancia la coherencia intelectual de un hombre que cree que el derecho no es la sanción sino la protección. Como le digo, mi amigo, remató el hombre ya de pié y enfilando hacia la puerta de calle Balcarce, Zaffaroni iría preso en Rosario. Por vender bombachas, por el microcentro o por cualquier cosa. Se lo firmo.
Fuente: www.rosario-12.com.ar