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De parrilleros y derecho de admisión

Por Damián Schwarzstein

Eran cerca de las 19.30 del 14 de diciembre y ya no quedaban dudas: lo que muchos creían imposible, echar de Newell’s a Eduardo López, se había convertido en realidad. En medio del griterío, de la euforia desenfrenada, Ariel Moresco, entonces abogado de la lista opositora y hoy miembro de la comisión directiva, intentaba explicar en la puerta que da al Palomar los pasos a seguir: "Mañana Inspección General de Personas Jurídicas nos va a dar las llaves del club y a partir de ahí…". Un pibe, de 19, 20 años, no lo dejó terminar: "Esperá, Ariel, esperá. Mañana, ¿vamos a comer asado en los parrilleros?" "Sí, mañana festejamos en los parrilleros", gritó Moresco, y ya no pudo -y no hubo- que explicar más nada.

Pasó un mes, no mucho más, desde aquel domingo. Y lo que parecía un chiste se convirtió en profecía: desde el lunes 15 de diciembre, todos los días, algunos en doble turno -mediodía y noche-, cientos de personas celebran allí el retorno del "Newell’s de la gente". Una consigna simple pero efectiva, que se colmó de sentido con los más de 2.300 voluntarios que se anotaron para dar una mano en la reconstrucción del club devastado, con las enormes colas de leprosos que se acercan para hacerse socios, con las familias enteras que ayudan a pintar los distintos rincones, con la gente en la pileta, con los plomeros que laburan gratis hasta las 12 de la noche -al menos, después los esperan con asado- para que los baños vuelvan a tener agua.

Los parrilleros se convirtieron en un espacio simbólico del cambio. Porque durante años fueron territorio exclusivo -en realidad, todo el club lo era- de la barra brava. Era "su" lugar. Desde allí, por ejemplo, Roberto "Pimpi" Caminos y su fuerza de choque -co responsables del saqueo de la institución- amenazaban los días previos a la elección a quienes iban a pagar las cuotas para poder votar.

Cuidando el capital. Más allá de la deuda, de las cartas documento que llegan todos los días, de las irregularidades en los contratos de los jugadores, de los antiguos abogados que reclaman millones de pesos de honorarios, de Fabbiani, del estado calamitoso de las instalaciones que el presidente Guillermo Lorente llegó a comparar con Kosovo, en el regreso y en la participación del socio está el capital que asoma como la base del resurgimiento. Y hay que cuidarlo.

Los dirigentes lo saben, y una cuestión sobresale entre varias que los desvelan: la seguridad.

Durante mucho tiempo, también ese fue un área que quedó en manos de la barra. Era Pimpi el que aplicaba, no justamente con buenos modales, un virtual derecho de admisión que ahora los dirigentes prometen usar, como instrumento legal concreto, para que la policía les impida el paso a él y su gente desde el 8 de febrero, cuando Newell’s abra el torneo como local ante Gimnasia. Ese día se jugará mucho más que un partido por tres puntos. Y habrá mucha atención sobre lo que pase en las tribunas.

La estrategia institucional que definió Newell’s en el tema es similar a la del resto de los clubes de fútbol de la provincia: designó a un cuadro policial retirado, el comisario Alfredo Portaguardia, como responsable de seguridad del club. Portaguardia -había también otros tres candidatos- tendrá a su cargo el cuidado de las instalaciones del Parque, Malvinas y Bella Vista, y deberá coordinar con las autoridades de la fuerza los operativos para los partidos. En Central, a partir de la asunción de Horacio Usandizaga -quien sostiene que uno de sus principales logros es haber sacado a la barra del club-, esa función la cumple el ex jefe de la Policía Ricardo Milicic. También en Colón y Unión oficiales retirados se encargan de la cuestión.

La decisión es bien vista en el Ministerio de Seguridad de la provincia, cuyo titular, Daniel Cuenca, se reunió a fines de diciembre con Lorente y el resto de los presidentes para analizar la puesta en marcha de políticas para prevenir la violencia en las canchas. "Se genera una coordinación más fluida con la policía", analizó una altísima fuente de la cartera, que consideró ese camino como mucho más razonable que buscar a los encargados de mantener el orden en la propia tribuna, opción que los dirigentes de Newell’s, pese a las versiones que indicaban lo contrario, niegan por completo haber barajado.

Límite para los barras. "No queremos barras en el club y menos en roles institucionales. No vamos a repetir esa barbaridad", dice en ese sentido un encumbrado integrante de la comisión directiva. Sin embargo, este admite que, con el cambio de autoridades, han vuelto a circular por el Coloso y alrededores personajes que en otros tiempos supieron mandar desde los paraavalanchas y que se habían tenido que ir, peleados con López y corridos por Pimpi y su gente.

De hecho, Tato Caminos, hermano de Pimpi, sufrió una tremenda paliza días después de la elección, frente al bar del Lago. "Ocurrió fuera del club y nosotros lo denunciamos, que es lo que hay que hacer con todo hecho de violencia", se atajó un dirigente que asegura no saber quiénes intervinieron en la pelea.

Lo cierto es que nombres -apodos en realidad- como los del Loco Demente, quien fue jefe de la barra en los ‘90, y del Panadero, otro que tuvo que dejar su lugar de privilegio en la popular y que ahora parece ser el que tiene más respaldo, han vuelto a circular. Y no sólo por el Parque. Los enfrentamientos con el sector del Pimpi, cuenta alguien que conoce el tema de adentro y a la vez tiene mucho recorrido en los barrios, se han repetido, con mayor o menor publicidad pero con altísimos niveles de violencia, en varios puntos de la zona sur en los últimos días.

Podría decirse que los distintos grupos están agazapados. La lógica indica que los que se van no resignarán así nomás todos sus espacios de poder, y que los que habían sido desplazados anteriormente van a pretender recuperar sus viejos lugares de mando. Que, vale aclararlo, antes de López nunca habían llegado al extremo de controlar el gimnasio cubierto, Bella Vista o a tener participación en el negocio de la compra y venta de jugadores.

¿Será entregar entradas y poner colectivos para los partidos de visitante un precio que tenga que pagar la actual comisión directiva para garantizar la paz en el Coloso? ¿Será ese, como creen algunos dirigentes, un límite aceptable?

En medio de las preguntas, hay algo que está claro: la herencia de López es mucho más pesada -y compleja- que el agujero negro por el que se esfumó el patrimonio de un club que quiere resurgir desde las ruinas de Kosovo.

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