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El periodismo está amenazado

Este es el presente: la calidad institucional se ha perdido. Se ha perdido hasta límites que ni siquiera sospechamos. Como en la irradiación nuclear, tardaremos en advertir el mal que provoca una bomba. Allí terminó una era. Aún hoy se estudian daños que pueden catalogarse de infinitos. En escala, mi país está siendo irradiado, se cierra una era, que traerá infinitas consecuencias. Después de los K miraremos las ruinas de las formalidades del Estado. Los K consumieron el Estado convirtiéndolo en su gobierno. Sin forma ni fondo el día a día es un espanto. Sobre esas ruinas, contaminadas, deberá crecer la Argentina del siglo XXI.

El ejemplo que baja es de superchería y abandono de las formas, que hacen al fondo. La presencia del vicepresidente (en las actuales condiciones) habla muy mal de nuestro sistema de partidos. Muy mal. Es difícil explicar, a quien pregunte, que la presidenta fue nominada por su esposo, que este también eligió al vicepresidente, que el vicepresidente en ejercicio pleno es el hombre con más intención de voto como futuro jefe de Estado, ungido por la oposición. Aún no ejerce como líder opositor porque todavía es vicepresidente por el oficialismo.

Cobos es, para la democracia formal, que sostiene el fondo de las cosas, el fruto del árbol venenoso. Es lo que hay. Hablar de algunos ministros, que descubren el mal cuando se alejan y de otros, que exaltan detritus, invistiéndolos del mejor aroma, es repetirse. Hay una escatología ministerial. Conviene mirarnos socialmente. Nada es casualidad en Argentina. Nada. Nosotros somos ellos (y viceversa).

Los K han enviado un mensaje a la sociedad, que parece acatarlo. La calidad institucional deteriorada carcomió la capacidad de análisis y de crítica. Se llevó la honestidad del pensamiento. La crítica no se ejerce bien ni se acepta con hidalguía y serenidad. Toda crítica es insulto, se entiende así. Toda crítica es un pecado. Toda crítica es conspiración.

No es casual que todos entendamos que la nueva ley sobre los medios es una posible mordaza. Sabemos que es y será una mordaza. Es lo que entendemos, más allá de cualquier declaración. El almita nuestra ya sabe

que nada es bueno si está en manos de otro y nada es posible con el otro. Esa es la herencia que recibimos. Los Kirchner están consolidando un mandato social enfermo: "debemos aplastar" -si se me permite- "debemos sodomizar al otro". Los K son el punto más alto de esta exasperación patotera, de esta conjura que ve enemigos en el pensamiento distinto. El que entiende un idioma de apretadas, humillaciones y

gangsterismo ha vivido cerca de donde se generó ese argot. Lo desaprobamos, pero la verdad es que los K no han nacido de ningún repollo. En todo caso en esa huerta hay varios especímenes cultivándose.

Hay una generación de políticos criados en el destrabalenguas que escribo: "Quiero que hablen de mí cuando yo quiera que hablen, no cuando ellos, los periodistas, quieran, y quiero que digan de mí lo que yo quiero, no lo que ellos entiendan y quieran decir; si no hacen esto son traidores. Mi versión es la verdad, la de ellos mentira. Si hablan de mí están traicionándome. Me ofenden porque dicen mentiras".

Cierran teléfonos, traban puertas, hablan con abogados y personas influyentes. Pagan silencios. Recordarles su pasado, sus muy diversos juramentos de fidelidad es traición, mostrar su pensamiento al desnudo una ofensa. Preguntarles por el origen de su dinero una riesgosa decisión personal, que no tiene garantías constitucionales. No hay pactos de San José de Costa Rica que salven al que diga de donde salió el primer millón de algunos políticos actuales. Los K exacerbaron esta enfermedad, está generalizada. En las provincias. En las ciudades. Ese es el mandato que, ahora visible en la superficie, baja desde la más alta magistratura en estos años del siglo XXI. Es fácil adivinar que mañana el destino popular será peor. Para eso la nueva ley. Para nuevos patrones, nada más.

El periodismo está institucionalmente amenazado. Este oficio, periodismo, se nutre de contar lo resaltado, exaltante, diferente y observar allí los yerros. El periodismo está ante un altísimo paredón.

Nos están fusilando. Si pierde el periodismo pierde el relato. No hay pueblo sin relato. Lo estamos perdiendo. Un país sin relato es un sitio sin historia, la pérdida del pasado obstruye la realidad y coagula el porvenir. El deseo es que no se cuente nada. Hay una muralla de intolerancia que, a la sombra de los K, se ensancha, se alza, se vuelve infranqueable.

Cuando pasen los primeros diez años de este siglo, cuando tengamos que elegir, en el 2011, la reflexión ante el espejo será una sola. Perdimos, perdimos otra vez. Alguien, mirando las ofertas, se atreverá a decirlo: perdemos siempre.

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