Que los juicios a los represores no sean una farsa
Si es cierto que en las encrucijadas críticas la palabra adquiere un valor superlativo; si no es menos cierto que el silenciamiento de la palabra es uno de los resortes privilegiados puestos en juego por todas las dictaduras; entonces, que se escuche la palabra, devenida testimonio, de quienes sobrevivimos a las más crueles gestas de amordazamiento de la verdad, tras haber soportado en cuerpo y alma —sin poder en verdad soportarlas— las peores crueldades, cobra un sentido que excede ampliamente las tragedias personales en juego, asumiendo las dimensiones de un acontecimiento histórico necesario.