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La caída de otro dictador

La caída en cámara lenta de Hosni Mubarak, en cuya conciencia no pesaron más de 300 muertos, otros tantos heridos y daños significativos durante las revueltas de los últimos 18 días, refleja a las claras su escasa predisposición a abandonar un cargo que creyó vitalicio, a tal punto de reinventarlo, como otros pares de la región, con la intención de ser sucedido por su hijo, Gamal. Hasta último momento, el dictador egipcio quiso valerse de su poder para no ceder un ápice al reclamo de los congregados en la plaza Tahrir, de El Cairo, en busca de una apertura política que clausurara 30 años de represión y corrupción.

Creyó Mubarak que con un aumento salarial del 15 por ciento para los empleados de un Estado sobredimensionado iba a contentar a la oposición. Sólo el Ministerio del Interior tiene 1,7 millones de trabajadores. Esto da una pauta del poder que ejercía ese hombre gris, nunca carismático, que supo ser ladero de Anwar el-Sadat hasta que murió, asesinado, y le tocó ocupar su lugar.

En estas jornadas críticas, en las cuales se vio forzado a nombrar por primera vez un vicepresidente, el apodado "Faraón" supuso que sus aliados de siempre (los Estados Unidos, Israel y la Unión Europea) no iban a dejarlo solo. En verdad, ninguno de ellos estuvo a la altura de las circunstancias ni supo persuadirlo o incluso darle el empujón para evitar mayores desgracias en un país convulsionado.

Mubarak pudo haber salido por la puerta grande en lugar de ser echado, como antes su par tunecino, Zine el Abidine Ben Ali, como consecuencia de su ineptitud para atender las necesidades de manifestantes que le exigían algo de certidumbre frente a un horizonte nublado por un alarmante desempleo y una legión de familias que sobrevive en el límite de la línea de la pobreza.

En el primer vicepresidente de Egipto en tres décadas, Omar Suleiman, ha recaído la misión de conciliar posiciones con la oposición de cara a las elecciones, previstas para septiembre. No bastó que el rais y su hijo levantaran sus candidaturas. Era la cabeza de Mubarak o nada. La diplomacia internacional, empezando por la secretaria de Estado norteamericana, Hillary Clinton, debió cambiar su discurso en cuestión de horas: de sostener al régimen por ser confiable, al igual que para Israel y la Unión Europea, pasó a calificarlo de "insostenible".

Comienza ahora una nueva etapa para el país más poblado del mundo árabe. En él, un movimiento político y religioso hasta ahora proscripto, la Hermandad Musulmana, se perfila con serias intenciones de hacerse del poder. No deja de ser un riesgo a la luz de su filiación con el régimen teocrático de Irán y su posible intención de emular las imposiciones de Hamas en la Franja de Gaza. La posibilidad de que este funesto pronóstico se cumpla eriza la piel de Israel.

Por lo pronto, la renuncia de Mubarak ha descomprimido la tensión. La ha celebrado con igual énfasis el presidente de Irán, Mahmoud Ahmadinejad, con sus infaltables insultos contra Israel y los Estados Unidos, y el líder opositor egipcio Mohammed el-Baradei, premio Nobel de la Paz, con un mensaje enviado por Twitter: "El país ya está libre. Este es el mejor día de mi vida".

Ojalá lo sea para todos los egipcios, como les ha deseado también la jefa de la diplomacia europea, Catherine Ashton, al hacer un llamado inmediato a una "transición ordenada a la democracia". Es el momento en que la comunidad internacional, no siempre rápida de reflejos, los acompañe en este tránsito en el cual, más allá de los sinsabores y los tropiezos, deben garantizarse la libertad, la división de poderes, el fin de la represión y la lucha contra la corrupción. Son la herencia maldita del dictador, por fin, depuesto.

 

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