Andrew Vachss nació en 1942 y creció en Nueva York, al sur de Houston Street, esa zona que hoy se conoce como Soho. Se graduó en la Case Western Reserve University de Cleveland, en 1965, y cuatro años después formó parte de las fuerzas de paz en Biafra para la Community Development Fundation de las Naciones Unidas. Entre 1972 y 1973 dirigió una cárcel de máxima seguridad para jóvenes violentos. En 1975 se doctoró en la New England School of Law de Londres. Antes de dedicarse a la abogacía, ejerció otros trabajos: fue obrero, sindicalista, taxista y fotógrafo. Llegado a un determinado punto de su vida, en pleno ejercicio de su actividad como abogado, tomó conciencia de que su principal enemigo a la hora de intentar llevar a un abusador de menores a la cárcel no eran ni las coartadas ni las apelaciones a desequilibrios mentales, detrás de las cuales trataban de refugiarse los acusados, sino la lisa y llana ignorancia general que gira en torno a estos seres subhumanos que, a su entender, ni siquiera merecen ser comparados con los gusanos. Decidió escribir novelas y relatos. Sus reflectores se dirigieron a iluminar ese hilo sutil anidado en nuestra sociedad, que en el intento de recuperar a los sujetos riesgosos genera los mismos monstruos que acabarán con ella.
Políticamente incorrecto, Vachss se planteó escribir libros para desentrañar los mecanismos psicológicos y cotidianos que permiten conocer, descubrir y anular a los "predadores" de niños. Además de su obra novelística, gran parte de la cual gira en torno a las tribulaciones de un investigador privado, Vachss escribió letras de blues, haikus, artículos periodísticos, historietas y hasta una novela en la que el protagonista es Batman, empeñado en encontrar al responsable de los asesinatos en serie de abusadores de menores de Ciudad Gótica.
Sus argumentos aparentan ser -son- incuestionables, y a menudo se lo tilda de "despiadado". Pero cuando uno trabajó como investigador para el gobierno federal, siguiéndoles la pista a cadenas de enfermedades venéreas, y cuando uno termina encontrando que en un eslabón de esa cadena hay un niño de nueve meses con gonorrea rectal, bueno, uno se vuelve despiadado.
Si hace falta trasladarse a Tailandia y comprar de su propio bolsillo, vendidos a tanto el kilo, niños, ofrecidos como muñecos fuck & suck, lo hace, y después los confía en adopción a familias norteamericanas. Una estúpida periodista italiana le preguntó si hacer eso tenía algún sentido. Vachss le respondió: "No lo sé, ¿pero qué carajo hace usted al respecto?". Una periodista radiofónica comenzó una conversación telefónica con él con la siguiente propuesta indecente: "Hagamos de cuenta que yo soy el abogado del diablo", a lo que Vachss respondió: "No: el diablo no necesita de un abogado".
No vivimos en una época de paraíso.